José Ramón Mendoza
“… nadie razonable puede seguir pensando hoy que la salida político-ecológica es la que decía Marx, esperar al inevitable desastre ecológico que va a producir el capitalismo, porque han pasado demasiados años y el mal es demasiado grave. No hay más remedio que actuar ya mismo, como se está actuando”.
Manuel Sacristán Luzón.
Tradición marxista y nuevos problemas.
Ya nadie duda que el rápido y reciente deterioro global de los
ecosistemas es consecuencia directa de la acción humana y cada vez mayor número
de personas consciente de que el
principal responsable de la destrucción es el actual sistema de producción capitalista,
al que se ha sumado China, y que para funcionar necesita crecer
indefinidamente en un marco físico que, sin embargo es finito. Esta responsabilidad
se puede ver claramente a partir del cálculo de la huella ecológica, y esta
muestra que una parte muy pequeña de
la población mundial que vive en unas pocas naciones "se come el mundo",
consume y gasta lo que es de todos.
La situación es preocupante y compleja. Pero ¿por qué si la
situación es tan grave y crítica, una parte importante de la población
permanece tranquila, sin reaccionar, sin buscar o exigir medidas radicales que
conduzcan a eludir ese negro e incierto
futuro al que nos aboca este modelo? La respuesta, o las respuestas hay que
buscarlas en los aspectos que provocan esta pasividad y de los que, entre otros
podemos señalar la, hasta ahora, falta de percepción social de la gravedad de la
crisis y que los comportamientos y las medidas y propuestas políticas ecológicas
y sociales de desarrollo humano sostenible, son percibidas por muchas personas
como atrasadas, ineficaces o incómodas.
Empezando por esto último, las propuestas
de desarrollo humano sostenible son presentadas por el capital sus
representantes políticos y voceros mediáticos como atrasadas e ineficaces, así
como que la economía basada en ellas nos lleva
a la pobreza y ello, aunque casi todas las personas en las sociedades ricas
aspiran a jubilarse y vivir en un lugar más pequeño, de forma más sencilla, la
propaganda del sistema presenta la autosuficiencia y la ausencia de tecnología
occidental como una desgracia.
El modelo de desarrollo, aún el denominado sostenible, basado en
la economía de mercado, considera que las personas son pobres si comen cereales
producidos localmente por las mujeres, en lugar de comida basura procesada,
transformada y distribuida por las multinacionales del sistema agroindustrial.
Se considera pobreza a vivir en casas fabricadas por uno mismo con materiales
ecológicos en lugar de hacerlo en casas de cemento y PVC promovidas por las
inmobiliarias.
Pero es que además, no es cierto que en las sociedades
occidentales cada vez se viva mejor y seamos más ricos. Hemos aumentado la
pobreza ambiental y social que se ha puesto de forma trágica más aún en estos
momentos de pandemia. Vivimos en un entorno más contaminado, respiramos un aire
más sucio, comemos alimentos regados con aguas contaminadas, abonados con
productos químicos, producidos por animales enfermos y torturados, no tenemos
tiempo para dedicar a las personas que queremos, trabajamos en cosas que no nos
gustan, viajamos cada día mucho tiempo para llegar a nuestro trabajo, nos vemos
obligados a pagar hasta para que los niños jueguen y la mayor parte de la
población vive endeudada con los bancos.
En esta situación, hay ya que decir claramente que el camino hacia
la verdadera sostenibilidad implica librarse
de un modelo de desarrollo que lleva a la destrucción, así como que la
autolimitación individual y colectiva es condición imprescindible para un
desarrollo humano sostenible. El uso prudente de los recursos naturales,
la recuperación de los valores de la austeridad a la hora de consumir y el
poner en valor la cultura que valora aquello que dura y permanece, frente a la
que enaltece lo que se desecha y cambia, son tareas pendientes de una sociedad
que quiera, no sólo minimizar los impactos de la crisis ambiental, sino sobre
todo superarla.
Y una reflexión final. La
auténtica sostenibilidad se basa en un modelo de cercanía, en el que el
transporte sea mínimo y los productos y recursos que se utilicen sean producidos
en lugares lo más cercano posible. Hay que tener la decisión de no ponerse
colorado por expresarse en términos utópicos tales como que mientras que el
modelo de territorio que impone el capitalismo inmobiliario y constructor
obligue a tener coche propio, aunque sea eléctrico, híbrido o similar, y al
mismo tiempo la gente siga pensando que tener un automóvil es fundamental,
seremos incapaces de construir una sociedad basada en la sostenibilidad, una
sociedad no opresora y no destructora de la naturaleza.
Noviembre 2020
[1] Desarrollo humano
sostenible tiene más que ver con la redistribución que con el crecimiento y
significa reconducir la actual situación hacia una nueva lógica que no olvide a
los desheredados de la Tierra, ni a las generaciones futuras. Significa poner
en cuestión el modelo de crecimiento y exigir una radical redistribución y
reducción de los recursos utilizados por una minoría rica y despilfarradora,
mientras que el término “Desarrollo Sostenible” no pone en cuestión el modelo
de crecimiento actual.
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