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domingo, 25 de agosto de 2019

A menos de un mes


El documento enviado hace unos días al PSOE por Unidas Podemos contiene un amplio conjunto de propuestas programáticas serias, acompañadas de una estructura de gobierno que deben servir como base reiniciar una negociación cuyo objetivo debe ser la existencia de un Gobierno basado en un programa de izquierdas.

Sin embargo y como cabía esperar, el PSOE en lugar de remitir una propuesta alternativa, se limita a ver "inviable" la enviada por Unidas Podemos para formar un gobierno de coalición y desarrollar medidas programáticas para mejorar la vida de las clases más desfavorecidas, para luchar contra el cambio climático e iniciar, desde un gobierno que realmente se lo crea, un proceso de transición ecológica; para consolidar los derechos de las mujeres implantando la perspectiva de género en todas las políticas; para que el acceso a la vivienda sea un derecho real; para asegurar una educación, una sanidad y unos servicios sociales públicos verdaderamente universales; sin olvidar nuestro papel en Europa y en el mundo.

Y así, un  mes después de la fallida investidura de julio y un mes antes de la última oportunidad, el PSOE sigue queriendo una investidura gratis y manos libres para llevar a cabo las políticas neoliberales que siempre ha desarrollado desde que Felipe González asumió la presidencia del gobierno allá por 1982.

Pero Pedro Sánchez tiene un problema para ello y es el de que no cuenta con los  escaños suficientes para lograrlo y con quien le gustaría ir (Rivera) no quiere saber nada (por ahora) y parece, o no quiere enterarse de que con los únicos apoyos con los que puede contar para alcanzar la investidura son los de Unidas Podemos, pero para ello es necesario negociar, ceder por ambas partes hasta llegar a un punto de coincidencias –no de imposiciones mutuas- que, sin satisfacer a todos, sea suficiente para ir avanzando.

Y para ello hay que negociar y el Candidato a Presidente, principal responsable de que haya negociaciones y de alcanzar un acuerdo, aunque sea de mínimos, ha empleado todo un mes para distraer a la opinión pública con reuniones con lo que él denomina “sociedad civil”, queriendo aparecer como lo que nunca fueron ni él ni el PSOE: adalides de la participación ciudadana, la que Felipe González se cargó anulando, por ejemplo, a las Asociaciones de Vecinos, esas que jugaron un papel de primer orden en la transición.

“Sociedad civil” con la que no sólo hay que contar, si no potenciar su influencia en las decisiones políticas; pero que no dispone de un solo escaño en el Congreso y por lo tanto de la que no depende su investidura como presidente del Gobierno. Sociedad civil que por otra parte ha repetido por activa y por pasiva mil veces la necesidad de que haya un gobierno de izquierdas en base a un acuerdo programático y un gobierno de coalición.

 A este juego y a las vacaciones ha dedicado ya un mes y sigue haciéndolo; tiempo que se debería haber empleado y debe emplear en retomar contactos e iniciar nuevas negociaciones, ya fueren estas partiendo de cero, bien desde el punto en que se quedaron en el momento de la fallida investidura. Pero hacerlas y no mareando la perdiz con supuestas conversaciones con una sociedad civil que ningún voto le puede aportar en una investidura que sigue en el aire. Esfuerzos que Sánchez y sus portavoces deben emplear en negociar y no hacerlo en invectivas, tanto en los medios como en las redes, dirigidas contra sus posibles aliados con el objetivo de confundir a la opinión pública, sino también con el de crear un estado de opinión entre sus votantes, esos que le chillaban que “con Rivera NO”, de que es imposible llegar a acuerdos con los “extremistas” de Unidas Podemos.

El último ejemplo de esta actitud despectiva ha sido la contestación del gobierno en funciones a la propuesta de Unidas Podemos. ¿Se puede contestar seriamente en cuatro horas diciendo que es inviable a una propuesta de más de cien páginas? Sí quisieran negociar y no crear barreras la respuesta lógica hubiera sido algo así como que se estudiará detenidamente y haremos la nuestra.

Está más claro que el agua que la CEOE y la Banca –la verdadera “sociedad civil” de Sánchez-, ya que es imposible un gobierno de PP-Cs, quieren uno en solitario del PSOE que ponga en práctica, con ligeros retoques sociales, sus políticas neoliberales tal y como hizo Zapatero con su reforma laboral y la modificación del 135 de la Constitución, esa que nos ha impuesto que el pago de los intereses de la deuda a la Banca es, ahora constitucionalmente, anterior a los gastos en cuestiones como la sanidad la educación, la dependencia, etc…

Ese es el gobierno que quieren y ese es el gobierno que hay que evitar. Para ello, además de llevar a cabo una negociación inteligente, es necesaria una movilización social que fuerce al PSOE a aceptar un gobierno de coalición, o al menos un acuerdo programático para los próximos cuatro años.

Sólo hay cuatro opciones: gobierno de coalición, gobierno en solitario del PSOE en base a un acuerdo programático de gobernabilidad con Unidas Podemos, gobierno en solitario del PSOE sin acuerdo previo y movido por el capital neoliberal, o nuevas elecciones con el riesgo de una más que posible desafección de unos frustrados, con unos y otros, votantes de izquierdas; riesgo al que se podría añadir la aparición a escala estatal de ese lobo del capital con piel de cordero progre que es Iñigo Errejón; riesgos que podrían llevar a un gobierno del Estado similar al de la Comunidad de Madrid.

Sánchez y el PSOE tienen sus preferencias claras y la responsabilidad máxima. Le toca a Unidas Podemos –que no a Pablo Iglesias, ya está bien de personalismos- actuar inteligentemente para que forzar la mejor y más progresista salida posible a esta situación.

José Ramón Mendoza
25 de Agosto 2019

jueves, 8 de agosto de 2019

"No podemos pensar en el planeta si no pensamos en la emancipación social"



“Ha llegado el momento de que los que están preocupados por el destino de la Tierra se enfrenten a los hechos: no sólo la grave realidad del cambio climático, sino también la acuciante necesidad de un cambio en el sistema social”. Fred Magdoff / John Bellamy Foster
“Hasta hace muy poco se discutía sobre el tipo de sociedad en que viviríamos. Hoy se discute si la sociedad humana sobrevivirá”. 
Fidel Castro
Algunos ambientalistas, y de manera muy significativa en comarcas como la nuestra, sienten que es posible resolver la mayoría de los problemas ambientales introduciendo una mayor eficiencia energética, reemplazando los combustibles fósiles por energías “verdes” –o utilizando tecnologías que alivien los problemas, con medidas para protección de la biodiversidad, contra la especulación, etc…; pero sin cuestionar el modelo productivo.
Nuestra opinión es que la mayoría de los graves problemas ambientales están ocasionados por el funcionamiento de nuestro sistema económico y no son resultado de la ignorancia humana o de la codicia, sino que la destrucción ecológica está integrada en la naturaleza interna y lógica del modo de producción vigente y esto es lo que lo que hace tan difícil la solución del problema.
Capitalismo, naturaleza y ecología
El capitalismo, como forma de detentar la propiedad de los recursos y de los medios de producción y como sistema de relaciones de producción, de relaciones entre los hombres y las cosas o el Estado, es un sistema que, a fin de mantener su objetivo esencial de acumulación incesante, necesita una expansión continuada, tanto en términos de producción total, como territorial y de eliminación de otros modos de producción, en términos espaciales y geográficos.
Se puede alegar y así lo hacen los defensores del sistema que tanto la expansión, como la conquista de la naturaleza, existían antes de los comienzos del sistema capitalista en el siglo XVI. Pero en los sistemas anteriores al actual, esa expansión, que el capitalismo casi ha convertido en derecho, de conquistar la naturaleza eran prioritarios para la propia existencia del sistema. Esta es la diferencia entre el capitalismo y los sistemas anteriores.
La economía capitalista en su fase mundializada sigue extendiéndose con una velocidad que desde el punto de vista del porvenir de la humanidad y del planeta, podemos calificar, cuando menos de imprudente e irresponsable.
La idea de que calidad de vida va ligada a consumo se ha generalizado al conjunto de una sociedad –incluyendo a las clases trabajadoras- a la, a que, a través de los mecanismos de la dominación hegemónica del capital, se le ha convencido de que la única manera de mejorar su calidad de vida es mediante la expansión económica que supone el crecimiento sin límites.
Este camino para mejorar su vida que, hoy por hoy, desea la mayoría la población, no es óbice para que muchas, cada vez más, de esas personas quieran también que se detenga esa degradación del entorno natural. Sentimiento que cada vez se extiende más entre los ciudadanos, como trabajadores y como consumidores, de los países desarrollados.
Esto constituye una contradicción más del sistema. Cada vez más personas quieren tener más árboles, mejor calidad del aire y del agua,... mas naturaleza, y también desean un número cada vez mayor de bienes materiales, que para conseguirlos es necesario más combustible, utilizar todos los recursos naturales, más uso del territorio mediante el urbanismo descontrolado y más degradación del planeta. Queremos y deseamos más naturaleza y más producción-, separando en nuestras mentes ambas reivindicaciones, incluso luchando por ambas al mismo tiempo.
A diferencia de otros momentos históricos, en el capitalismo y especialmente en su fase actual, el nivel de degradación del entorno natural es tan grave que para analizar la situación hay que ir a volver a los orígenes, a tratar el deterioro ambiental, la ocupación del territorio, el cambio climático; en definitiva la crisis ecológica, como un tema de economía política que exige soluciones ligadas a opciones éticas y políticas.
Mientras que los sistemas anteriores al capitalismo transformaron la ecología y algunos llegaron a imposibilitar un equilibrio viable que asegurase la supervivencia del sistema en áreas concretas solamente el capitalismo y en nuestra comarca el inmobiliario constituye una amenaza para la existencia futura, no sólo de nuestro entorno, sino de la humanidad, del planeta ya que ha sido el primer sistema histórico que, englobando toda la Tierra, ha expandido su producción a límites inimaginables.
Ello se debe a que el capitalismo ha logrado hacer ineficaz la capacidad de otras fuerzas para imponer límites a sus actividades. Bajo la fachada de la racionalidad del mercado se encuentra el inmenso poder destructivo implícito en el modo de producción capitalista; así la burguesía ha resultado ser “la clase dominante más violentamente destructiva de la historia” (Berman) y, en base a los valores de la acumulación del capital no puede contener la destrucción ecológica, es un dilema que no puede resolver. Así, las contradicciones entre economía y ecología alcanzan su máximo exponente con el modelo de producción vigente, el modo de producción capitalista, alcanzando su punto álgido en la fase actual de globalización.
¿Cómo salir? La versión romántica y la técnica
Una argumentación extendida entre quienes no quieren que las cosas sigan así, es la de contraponer a la creación de riqueza material y de empleo, el romanticismo ecologista, o dicho más sencillamente, tener que elegir entre la especie humana y la naturaleza[1]. Pero no se pueden contraponer naturaleza y especie humana; ambas evolucionan conjuntamente.
Por otra parte, personas, organizaciones conservacionistas y organizaciones políticas, algunas comprometidas con la lucha ecologista, mantienen que se puede evitar la degradación total adoptando medidas técnicas ahora, alcanzando así un desarrollo sostenible, expresión que, por otra parte, implica una contradicción en si misma. Pero este punto de vista que podríamos definir como de “ecologismo reformista” choca con la propia esencia del capitalismo ya que esas medidas paliativas, si son lo suficientemente serias y eficaces como para evitar, reparar en su caso o al menos contener el daño, amenazarían por sus costes, la posibilidad de una continua acumulación de capital.
En ambos casos se evita ir a la raíz del problema, a la propia esencia del sistema de producción capitalista ya que la fuente de la destrucción ecológica es la necesidad de externalizar los costes de producción haciendo recaer una parte de estos en la naturaleza.
Por el contrario, una visión verdaderamente “verde” si quiere dar una respuesta viable a la conservación de la naturaleza, tiene por fuerza que poner en cuestión el presente cualquier sistema económico que no se oriente a alcanzar un equilibrio sustentable con la naturaleza.
Capitalismo y ecología son términos opuestos. Puede haber políticas ambientales de derechas – si a las del capital con su discurso del “capitalismo verde” se les puede aplicar ese calificativo- así como puede haber, y de hecho hay, políticas ambientales de izquierdas. Pero no hay política ecológica de derechas. Si una política es ecológica, esta es de izquierdas –añadiríamos incluso que revolucionaria-, y podríamos asegurar que si una política es, social, económica y políticamente de izquierdas, es ecológica.
De lo expuesto hasta ahora podemos sacar la conclusión de que la vía de la actuación reformista de los ecologismos “técnicos” y “románticos” tienen límites en si mismas.
Ello no supone desechar el camino de las reformas, de la adopción de medidas ambientales, técnicas y legislativas; el no tener en cuenta las opiniones del ecologismos “romántico” muchas veces interesantes y siempre  generosas; ya que la presión política a favor de esas reformas económicas y sociales,  de la aplicación de avances tecnológicos, además de paliar algunos efectos de la degradación puede hacer que aumenten las contradicciones del propio sistema ya que facilitará el que afloren los verdaderos problemas políticos en juego, siempre que estos problemas se planteen correctamente.
Dentro del sistema se puede actuar para la preservación del medio ambiente, bien paliando daños ambientales de una actividad, bien invirtiendo en la renovación de los recursos naturales, o limitando seriamente otras como la expansión urbanística  -mediante una ordenación social del territorio-, o el uso comercial de los espacios protegidos. Tanto los movimientos ecologistas como Izquierda Unida han planteado y plantean una larga serie de propuestas específicas dirigidas hacia esos objetivos, propuestas que suelen encontrar una fuerte resistencia por sus importantes efectos sobre la acumulación de capital.
Asimismo, aún en el caso de que se establezcan legislaciones ambientales avanzadas, la aplicación real de las mismas encuentra reticencias para su aplicación efectiva por parte de los Estados y las instituciones supranacionales, como ocurre con la de la Unión Europea.
Esa vía reformista, que nunca se debe ni se puede abandonar y menos despreciar, debe ir encaminada a una ordenación del territorio y de la economía en las que se antepongan criterios sociales y ecológicos a los criterios meramente económicos y de rentabilidad. Para ello el papel del estado, de lo público, es de primera importancia.
Más allá del reformismo
Dicho lo anterior, no hace falta repetir que la supervivencia del modo de producción capitalista depende sobre todo de que no se interrumpa el proceso de acumulación del capital y que para ello precisa de cada vez mayor uso de recursos naturales, y entre ellos el territorio, así como que cada vez genera más residuos.
La relación que el hombre mantiene con la naturaleza en cada periodo histórico es consecuencia del modo de producción, de donde se saca la conclusión de que para el proceso de aceleración de la degradación de la naturaleza, de profundización de las desigualdades y de aumento de la pobreza y el hambre en el mundo, en definitiva de la crisis social y ecológica no hay solución dentro del actual modo de producción, ya que es impensable que el sistema que crea los problemas ecológicos, siguiendo la implacable lógica de la necesidad ilimitada de acumulación, quieran y puedan aportar unas soluciones que implicarían su desaparición.
La única posible salida a la crisis ecológica y social es avanzar políticamente por una senda en la que la vieja lucha por la igualdad, hoy tan vigente como nunca si planteamos la cuestión de la creciente desigualdad, camine en busca de una solución basada en un modelo económico, social, político y territorial ecológicamente sustentable y socialmente más que justo, igualitario.
Somos conscientes de que este es un camino largo y apenas esbozado por Izquierda Unida y que debe conducir a un nuevo sistema económico, político y social que decida de forma colectiva y participativa sus aspectos fundamentales, y en la que la emancipación de la humanidad de todo tipo de alienaciones y la supervivencia del planeta sea un todo indivisible.
O lo que es los mismo, para comenzar a “desfacer el entuerto” del desastre ecológico, social y humano al que nos enfrentamos, se necesita un nuevo modelo productivo basado en el control de las fuerzas productivas por la mayoría de la población que ponga freno a la explotación de la fuerza de trabajo y al expolio de los recursos naturales y de patrimonio.
Ahora bien, como consecuencia de este desastre ecológico y social, uno de los problemas más importantes, quizás el que más, ante el que nos enfrentemos será el de configurar un nuevo modelo de producción y unas nuevas relaciones de propiedad que satisfaciendo las necesidades de la humanidad en ese momento no sólo no comprometa, sino que asegure y mejore  la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades; el problema de la relación metabólica entre los seres humanos y la naturaleza, y hacerlo en las condiciones de producción  heredadas de la actual sociedad capitalista.
Estamos hablando, no de una sociedad que se desarrollará sobre su propia base, sino de una que presentará todavía en el aspecto económico, en el ecológico, en el político y en el social, el sello de la sociedad de cuya entraña procede; y en la que los  problemas ecológicos derivado del modo de producción capitalista tendrán que ser afrontados de manera urgente y democrática racional, actuando sobre la base de comprender y no forzar esa relación metabólica de los hombres con la naturaleza. Un futuro que no podrá ser el de una sociedad de la abundancia –entendida esta en su concepción actual-, del derroche de recursos y de crecimiento sin límites –al menos en los términos en los que este se concibe en el sistema capitalista para beneficio de una minoría - ya que entonces sería más de lo mismo.
Modelo que debe combinar un alto índice de bienestar y progreso humanos con la generación de una baja “huella ecológica”, lo que no supone otra cosa que combinar progreso y bienestar con el menor uso posible de los recursos no renovables como los combustibles fósiles y de los recursos naturales (suelo, agua, aire,…) sin superar la capacidad de regeneración de los mismos.
La transición a una economía ecológica –que consideramos que también debe ser socialista- será un proceso arduo que no ocurrirá de un día para el otro. Esto no es una cuestión de “asaltar el Palacio de Invierno”. Más bien, es una lucha dinámica, multifacética para un nuevo pacto cultural y un nuevo sistema productivo.
Las soluciones que en una sociedad poscapitalista puedan hacer que empiece a desaparecer la amenaza de crisis ecológica y que tanto el socialismo como la propia supervivencia del planeta sean posibles, requerirán, no solo del control y la planificación democráticos de la producción y de la utilización de los recursos sino que, además precisará de una transformación revolucionaria de la relación que los hombres mantienen con la naturaleza.
“Hoy más que nunca el mundo necesita aquello por lo que los primeros pensadores socialistas incluyendo a Marx, luchaban: la organización racional del metabolismo del hombre con la naturaleza por medio de los productores asociados libremente. La maldición fundamental a ser exorcizada es el capitalismo mismo”. John Bellamy Foster y Brett Clark. “Imperialismo ecológico: la maldición del capitalismo”.
José Ramón Mendoza

[1]Al igual que la economía es mucho más que gestión, la ecología es algo que va mucho más allá de la simple conservación de las especies y de los espacios naturales. La ecología, igual que la economía afecta directamente a la libertad, a la igualdad y al bienestar de las personas. Quien más sufre la degradación del planeta son las clases más pobres de los países más pobres y más agredidos ecológicamente, y dentro de ellas, los colectivos más desfavorecidos, como las mujeres.

martes, 30 de julio de 2019

Unos días después


Del escrito anterior podía deducirse la idea de que centraba toda, o al menos la mayoría de la responsabilidad del fracaso de la investidura de Pedro Sánchez en Unidas Podemos. Nada más lejos de mi intención y sí así fue entendido por alguien le pido disculpas por no haber sabido expresarme con claridad. Sí me centré en Unidas Podemos y, más específicamente en su equipo negociador, fue porque son los míos y por ello me preocupó y me preocupa como actúen en cada momento, tanto o más de lo que hagan los otros.

Dejemos pues las cosas claras. Sí Unidas Podemos y quienes la representaron en las negociaciones para la investidura de Pedro Sánchez tuvieron una parte importante de responsabilidad en que sigamos sin gobierno, la mayor responsabilidad corresponde al mismo candidato y al grupo político al que pertenece.

El Partido Socialista ganó las elecciones del 28 de abril y, como consecuencia Pedro Sánchez fue propuesto como candidato a la Presidencia por el Jefe del Estado; candidatura que, para convertirse en Presidencia de Gobierno debe conseguir la confianza del Congreso, mayoría absoluta en primera votación, o simplemente en la segunda un voto más de diputados que se la otorguen que de diputados que la rechacen. Apoyos que, tanto para lograr la mayoría absoluta, como para alcanzar la simple, tiene que conseguirlos mediante acuerdos con otros grupos; acuerdos que pueden ser programáticos o de gobierno de coalición. Apoyos que hay que trabajárselos para conseguir esa mayoría.

Mayoría parlamentaria que existe, sino absoluta, sí para conformar un gobierno, ya sea de coalición o en solitario, al estilo de Portugal, en base a un programa previamente consensuado; es fácil sacar las cuentas, pero eso sí hay que conformarla y mantenerla y lograrla es responsabilidad del candidato a Presidente de Gobierno.

Lo que no es de recibo, por no decir que resulta ridículo, es que el candidato a la presidencia de gobierno que, lógicamente y así lo expresa la constitución, tiene que ofrecer un programa a los diputados, pida a la oposición que le favorezca la candidatura. La labor de la oposición es oponerse. Hablar de que la responsabilidad de la oposición es la favorecer la investidura, por muy inviable que pueda haber un candidato diferente a Pedro Sánchez, carece de toda lógica ya que, precisamente la obligación política de esos grupos es la de impedir la investidura del grupo contrario.

Sin embargo, durante estos meses el candidato se ha dedicado a marear la perdiz, en un intento que ha resultado vano de que Unidas Podemos, su “socio preferente”, cediera a un gobierno monocolor cuando tenía todo el derecho a pedir su presencia en un gobierno de coalición; otra cosa es que sus negociadores y el propio Pablo Iglesias tensaran tanto la cuerda que rompieron el arco.

Está claro, siempre lo ha estado, que el PSOE nunca querido conformar un gobierno del que formen parte personas de grupos políticos situados a su izquierda. Es más un objetivo de este partido ser el único situado a la izquierda del resto del arco parlamentario y así, no tener ningún problema para ocupar el lugar que siempre ha ocupado que no es otro que el de centro- izquierda. Y para eso siempre ha hecho todo lo posible para debilitar hasta el máximo a las fuerzas a su izquierda, primero al Partido Comunista, después de Izquierda Unida y ahora a Unidas-Podemos; algo que por suerte para las clases trabajadoras de este país no ha conseguido.

Queda tiempo hasta septiembre para que el candidato cumpla con su obligación para, que en base a una opción programática, construya una mayoría parlamentaria que posibilite su investidura y, como hemos dicho más arriba esa mayoría existe aunque Sánchez, como principal responsable, e Iglesias como responsable “subsidiario” no hayan sido capaces de armarla. Queda tiempo para ello ¿querrá el candidato ponerse a la labor?

Tiene que hacerlo porque se corre un riesgo muy grande para las clases populares y es que el votante de la izquierda, el que votó al PSOE o el que votó a Unidas Podemos, como consecuencia de que unos y otros hayan  dejado pasar la ocasión de que exista un gobierno de  NO DERECHAS, se desmovilice de tal manera que volvamos a las políticas de los recortes y las privatizaciones.

¿Piensan los señores Sánchez e Iglesias que con su actuación durante estos meses el electorado no les va a pasar factura a ambos? ¿Considera Sánchez que no le van a considerar el principal responsable de tener que volver a las urnas en septiembre? Sí es así no sólo está cometiendo un profundo error, no sólo está traicionando a sus votantes, si no que también está poniendo el peligro el futuro de este país entregándoselo a los amigos de VOX.

Existen opciones y Portugal lo está demostrando.
José Ramón Mendoza






domingo, 28 de julio de 2019

48 horas después



Difícil ponerse a comentar lo ocurrido esta mañana, y los días y semanas pasados, en el Congreso de Diputados. Difícil, porque lo primero que me viene a la cabeza es «sonrojo, vergüenza, perplejidad, enfado, irritación…»
Javier Aristu en Campo Abierto
Lo primero es que quiero dejar claro que Unidas-Podemos, que no Podemos, tenía todo el derecho a exigir formar parte de un gobierno de coalición con ministerios de peso político y, sobre todo social y por supuesto no aceptar esa majadería inventada por el PSOE de 
gobierno de colaboración.

Lo segundo es que, aunque puede ser inútil hablar de culpables de lo que pasó el pasado jueves, y durante los casi anteriores tres meses, sí es necesario establecer las responsabilidades de aquellos que, en la primera línea de las negociaciones que el final de los resultados del 28  de abril haya sido, en palabras de Javier Aristu, tan incompresible y trágico, para la izquierda y, sobre todo para las clases populares.

No voy a justificar en este caso, y probablemente en muy pocos, al PSOE, nunca me fíe de quienes son de izquierdas en campaña electoral o en la oposición y giran a, y se alían con la derecha en cuanto tienen posibilidad de gobernar; nos lo demostró Felipe González en 1982 con la OTAN, en 1993 pactando con CiU (sí los catalanes de derechas) en lugar de con una Izquierda Unida con la que podría adoptar medidas de izquierdas si es que esa hubiera sido su línea, que no lo era. A todo ello, en este breve repaso del izquierdismo del PSOE, habría que sumar el 135 y la reforma laboral de Zapatero, el mismo que según los medios recomendó a Pablo Iglesias la propuesta de las “medidas activas de empleo”.

Dicho esto, no podemos dejar de las responsabilidades de unos y unas y otros y  otras a la hora de echar por tierra la oportunidad (que me niego a calificar de histórica) de poner en marcha, aunque fuera mínimamente, políticas que mejorasen las condiciones de vida de las familias trabajadoras de nuestro país, y ello en base a lo que los electores, los ciudadanos, mandataron en las elecciones generales del 28 de abril.

Como acertadamente ha señalado Javier Aristu en su artículo “Pésimas noticias” publicado el 25 de julio en Campo Abierto, “lo ocurrido esta mañana en la carrera de San Jerónimo no tiene nombre: ha mostrado una incapacidad inmensa de las dos fuerzas políticas que se autodenominan de izquierda o progresista a la hora de alcanzar un mínimo acuerdo para sacar adelante la investidura del candidato socialista”.

No se trata hablar de culpabilidades o de pecados a la hora de negociar, prosigue Aristu, para quien, la capacidad de los negociadores es de gran importancia a la hora de alcanzar acuerdos, y también los desacuerdos y los que han llevado el peso de este proceso no son buenos negociadores. Ni de un lado ni de otro, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Carmen Calvo o Pablo Echenique. Los dos primeros, al ser responsables políticos máximos de sus fuerzas políticas —y Pedro Sánchez, además, candidato a la investidura—; pero los otros dos, han sido los negociadores del primer nivel. Y creo que no lo han hecho nada bien (Aristu).

Ello en una negociación llevada en exclusividad por Podemos no porque Unidas Podemos no haya querido participar si no porque Pablo Iglesias quería el control total de la misma. Ni unos ni otros añado yo, unos por supremacía y otros por egolatría.

Indudablemente, la responsabilidad mayor recae sobre el PSOE (partido que ganó las elecciones) y Pedro Sánchez que, además de candidato y, por lo tanto responsable en conformar una mayoría para su investidura. Un partido, un candidato y un equipo negociador que, utilizando todos los medios a su alcance han intentado humillar y someter a Unidas Podemos. Pero como esto no es nuevo, ya que ha sido siempre su comportamiento hacia Izquierda Unida, no voy a entrar en esa responsabilidad, algo que tendrán que debatir y exigir sus bases y sus votantes.

Por eso, a riesgo de equivocarme,  me interesa más comentar las responsabilidades de a quienes voté, por quienes hice campaña electoral y, por lo tanto a quienes tengo derecho de exigírselas.

He oído y leído declaraciones de dirigentes de Podemos; he recibido y leído con atención, el comunicado de la Dirección Federal de Izquierda Unida (organización a la que pertenezco) Ni en los primeros, ni el comunicado de IU he atisbado la más mínima autocrítica a como se ha llevado el proceso negociador, ni la más mínima mención a que se hayan cometido errores en el mismo. Autosatisfacción en Podemos y ausencia de reconocimiento de errores en Izquierda Unida, aunque sí ha trascendido que esta organización trasladó en su momento su disconformidad de cómo se estaban llevando las negociaciones. En definitiva la culpa siempre es del otro.

Por parte de los dirigentes y negociadores (los del PSOE no me importan) sólo se ha oído hablar de  ministerios y vicepresidencias argumentando que era la única garantía de poder llevar a término medidas progresistas. Me asusta esa ignorancia las medidas las puede proponer un ministro o una ministra, pero quien las adopta, o las propone como Ley al Congreso es el Gobierno, tener un ministerio es bueno pero no les todo. Me asusta también que se olvide la movilización social como fuerza dinamizadora, y en cierta medida garantista, de esas mejoras para las clases populares.

Un gobierno de coalición es habitual en países de nuestro entorno, pero el PSOE se ha negó a ello hasta que no le quedaron cartas para seguir oponiéndose, pero los errores de Podemos le facilitaron al final salirse con la suya.

 Posiblemente me lo haya perdido nada, aunque creo que no,  de cómo reconstruir un proyecto de país por muy comedido que fuese para la mayoría de españoles, o lo que es lo mismo para las clases trabajadoras.

Por parte de los negociadores de Unidas Podemos no he oído ni leído nada, o casi nada, de cómo un gobierno de coalición concebiría el modelo territorial y, consecuentemente la cuestión catalana; de un pacto sobre medidas a adoptar para cambiar las relaciones laborales hacía un modelo más acorde con los derechos de los trabajadores; de la supresión de la Ley Mordaza; de las medidas a adoptar para iniciar una transición ecológica y energética, así como de las a adoptar sobre sus consecuencias sociales y laborales; o del modelo de Unión Europea; etc.

El 25 de julio se dilucidaba definitivamente si habría un gobierno de progreso, o se abrían las puertas de nuevas elecciones con el riesgo de una desmovilización de los votantes de izquierdas y un más que previsible retroceso electoral de Unidas Podemos debido al lamentable espectáculo de estos dos meses y al posible efecto Errejón, y como consecuencia de un triunfo de la derecha; o se aceptaba apoyar la investidura de Pedro Sánchez y un gobierno de coalición siempre y cuando se alcanzara un acuerdo programático que incluyera las garantías necesarias para el cumplimiento del mismo, tal como votaron las bases de Izquierda Unida.

Llegado ese momento la Dirección de Izquierda Unida adoptó la decisión de que sus diputados se abstuvieran independientemente de lo que hiciera el resto del grupo y lo hizo, a mi juicio con un doble propósito: por una parte no romper en Grupo Parlamentario de Unidas Podemos con un voto a favor de la investidura, por lo que varios se inclinaban y, por otra  arrastrar a los 42 de UP a la abstención (desde el NO inicial previsto) y de esta manera dejar abierto un sendero por el que caminar hasta septiembre.

El 25 de septiembre puso de manifiesto la insolvencia de los dirigentes del PSOE (principales responsables) y de Unidas Podemos para alcanzar un acuerdo de mínimos para conseguir la investidura de del candidato del primero de esas fuerzas y sus dirigentes tienen ahora la difícil tarea de explicar, tanto a sus votantes como a sus bases, por qué el acuerdo que presentaba el PSOE no era suficiente para apoyar la investidura de su candidato y, lo que es aún más difícil de explicar, por qué no era suficiente para que, por primera vez en cuarenta años hubiera en un gobierno ministros a la izquierda de un PSOE que  siempre ha querido tener al PCE y herederos lejos del Gobierno del Estado.

La consecuencia es que todo parece indicar, e incluso podemos asegurar, que la vía del gobierno de coalición está cerrada definitivamente. Así las cosas ¿seguirá Podemos enrocada en el no a Sánchez sino hay gobierno de coalición y así abrir las puertas a una posible victoria de la derecha?

Visto este panorama Izquierda Unida abre un camino para evitar ese nuevo proceso electoral que, no nos engañemos, sería catastrófico para la izquierda transformadora y es el de investir al candidato socialista en base a un acuerdo programático aún en el caso de que no hubiera posibilidad de un gobierno de transición; así lo acordó su Comisión Colegiada al día siguiente la fallida investidura “el Grupo Parlamentario de Unidas Podemos debe también exigir un acuerdo en torno a las bases programáticas establecidas en el Acuerdo de los Presupuestos Generales del Estado de 2019, aun en el supuesto de que no existiera acuerdo para constituir un gobierno de coalición con el PSOE, con el fin de evitar una nueva repetición electoral”.  Comunicado acerca de la investidura fallida de julio 2019 Comisión Colegiada de Izquierda Unida – 26/07/2019

Hemos de mantener la esperanza de que Podemos reconsidere el gran riesgo que supondría el “mantenella y no enmendalla” así como que el PSOE no se cierre a nuevos contactos con la fuerza a su izquierda y para ello quizá fuese bueno que ambas partes cambien a sus negociadores. Este puede ser el último cartucho que os quede ya que la izquierda debe mantener como única guía la defensa de los intereses de las familias trabajadoras.

Para terminar, la misma noche del día 25 asistí a la presentación de un libro de Felipe Alcaraz sobre Luis de Cernuda en la cual el autor mencionó que Portugal y España eran los últimos reductos donde se podían llevar a cabo políticas de Izquierda y que tras los últimos acontecimientos parece que sólo queda Portugal. Esperemos que no sea así.

José Ramón Mendoza