Asignar un valor económico a un bien
natural nos lleva a su mercantilización y a la naturaleza
"No se puede resolver un problema
con la forma de pensar que ha conducido al mismo".
Albert Einstein
José
Ramón Mendoza
Este teorema es perfectamente aplicable a la idea de
que el capitalismo podría implicarse en la senda de la sostenibilidad si las instancias
políticas cuantificaran el precio de los recursos naturales ya que ello supone
la misma forma de pensar; mercantilizar todo. Dado que la crisis ecológica es
una consecuencia de la producción generalizada de mercancías, no va a ser a
través de la "mercantilización" del agua cómo ya ha empezado a
hacerse[i],
o del aire, de especies vegetales, de los genes o cualquier otra riqueza natural,
que llegaremos a detener la destrucción medioambiental. Esta internalización de
externalidades no sólo no nos acerca a una solución sino que, por el contrario,
nos aleja de ella.
La transformación de las riquezas naturales en
mercancías implica su apropiación por el capital. A partir de ahí el asunto
está claro, ya que sometiéndolas a la ley del valor-trabajo quedan excluidas de
cualquier otro criterio de gestión, y menos del ecológico o ambiental, que no
sea la de obtener un beneficio.
Desde una perspectiva puramente económica, es fundamental
tener en cuenta que el intento de adjudicar un precio a las riquezas naturales
se enfrenta a una dificultad teórica insuperable cómo es la de ¿cómo evaluar en
términos monetarios los bienes cuya producción no es medible en horas de
trabajo? y que, por consiguiente, no tienen valor y cuya destrucción se da,
además, diferida en el tiempo, ¿qué valor mercantil se puede dar a un rayo
solar sabiendo que la vida de la tierra dependa de él? O ¿Cómo se puede
cuantificar monetariamente el agua de un río, embalsada o no, que dará de beber
a los pueblos de más abajo y permitirá regar sus huertas?
La concepción clásica de cómo tratar los daños
ecológicos ha sido la de “actuar después de los acontecimientos” (Harvey); esta
concepción se basa en que los daños ambientales son, o bien accidentes, o bien
mala gestión o errores por parte de las empresas y que, por tanto pueden ser
evitados e incluso revertidos y lo que es más compensados económicamente
mediante sanciones y posibles restituciones.
Este pensamiento de la economía clásica supone invirtiéndola,
aplicar, la cita de Einstein que encabeza este artículo, de que se puede
resolver un problema con la forma de pensar que ha conducido al mismo; es decir
actuar externalizando los costes, en este caso ecológicos, de las empresas peto
también de los gobiernos y hogares causados por la utilización de los recursos
naturales y de los residuos, y ello con el beneplácito de unos Estados cuyo
papel debería ser una intervención que
asegure una adecuada conservación de los recursos naturales.
Ahora bien, desde esta perspectiva clásica “las
intervenciones el Estado la herramienta lógica de la gestión medio ambiental
están, están típicamente están típicamente limitadas por dos consideraciones
importantes. La primera, que la intervención solamente debe producirse cuando
hay una clara evidencia de la existencia de graves daños producidos por el
fracaso del mercado y preferiblemente cuando el daño puede ser cuantificado
(por ejemplo en términos monetarios)…porque la segunda limitación es que se
piensa que hay una compensación entre el coste económico (la acumulación de
capital) y la calidad medioambiental (lo que gana uno lo pierde el otro).
Mostrarse demasiado solícito respecto a lo segundo es renunciar
innecesariamente a los beneficios de lo primero. Este el dominio del análisis
del coste-beneficio monetizado, que ahora desempeña un papel tan importante
para modelar la política medioambiental [ii]desde
una perspectiva estándar”.
La única manera que tiene el capitalismo en tener en
cuenta a la naturaleza es hacerla intercambiable por dinero. Dar un valor
económico a bienes naturales nos puede llevar a compartir una respuesta
neoliberal, supuestamente medioambiental, como por ejemplo plantear un impuesto
o una sanción por contaminar –“quien contamina paga”[iii]-,
o bien como la cuestión de la disponibilidad de los consumidores a pagar por el
medio ambiente; ambas vías nos llevan a aceptar su degradación[iv].
Por esa vía, los precios de las riquezas naturales
serán diferentes según si las personas a las que se les pregunte sobre si
pueden pagar y cuanto están dispuestas a abonar, por usarlas o destruirlas,
sean ricas o pobres; personas físicas
o multinacionales.
En la práctica, y a pesar de todas las sofisticadas
teorías de los “ecological economics”, las propuestas políticas de
internalización de los costos de la contaminación son a la vez ecológicamente
insuficientes y socialmente insoportables.
Aun suponiendo que los obstáculos teóricos y
prácticos pudieran ser superados, la eficacia de la internalización no dejaría
de ser aleatoria ya que el precio no es más que un indicador cuantitativo,
incapaz de distinguir entre las diferencias cualitativas entre la tonelada de
CO2 que no ha sido emitida mediante unas u otras medidas como pueden
ser de medios el aislamiento de una vivienda, la instalación de paneles
fotovoltaicos, la plantación de árboles, la supresión de un Gran Premio de
Fórmula1, la limitación de velocidad, etc...
Cuantitativamente no hay nada que distinga una
tonelada de CO2 de otra. Pero las diferencias cualitativas como la
causa de sus emisionee son decisivas a la hora de elaborar estrategias
ecológicas adecuadas cuyas medidas estén en coherencia con el fin que se
propone: la transición, sin generar un trauma social, a un sistema energético
eficiente y descentralizado,
Conviene precisar que el capital, que contabiliza y
mide todo, es incapaz de tomar en cuenta cualitativa y cuantitativamente las
riquezas naturales, tal y como lo muestra la despreocupación total con la que
destruye de forma irreversible los stocks de numerosos recursos naturales.
En conclusión, asignar un valor económico a un coste
ecológico nos lleva, mediante la mercantilización de los bienes naturales a la
no conservación de la naturaleza y, por lo tanto del ser humano de la que forma
parte indisoluble de la que vive y, parafraseando a Marx para no morir ha de conservarla ya que la
vida humana es parte de la naturaleza “con la cual ha de mantenerse en proceso
continuo para no morir”[v].
[i] https://www.publico.es/economia/medio-ambiente-agua-comienza-cotizar-mercado-futuros-wall-street.html
[ii] “Justicia, naturaleza y la geografía de la diferencia” David
Harvey.
[iii] Algo que, por supuesto hay que hacer, pero no lo único ni lo
fundamental y debe ir acompañado de beneficios a las buenas prácticas
[iv] “Cuando el abuso irrespetuoso de
los recursos naturales ha hecho evidente la necesidad de intervenir, la Economía
Estándar ha entreabierto una ventanita al medio ambiente y ha sacralizado el
principio “el que contamina paga”. Pero eso es un callejón sin salida, ya que:
1) se trata igual, por ejemplo, una contaminación por un vertido limitado que
la contaminación de la biosfera, pensando que ambas se pueden solucionar
pagando un precio-multa; 2) se acepta que toda maldad medioambiental es
resarcible con dinero, porque todo es reversible; 3) se presupone siempre la
existencia identificable de un delincuente; 4) igualmente de un propietario a
resarcir”.
Antonio González Vieitez, profesor de Economía de la ULPGC.
Revista El Ecologista nº 50.
[v] “Manuscritos
de economía y filosofía”. Karl Marx