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sábado, 23 de enero de 2021

UN BIEN NATURAL ¿TIENE VALOR ECONÓMICO?

Asignar un valor económico a un bien natural nos lleva a su mercantilización y a la naturaleza

"No se puede resolver un problema con la forma de pensar que ha conducido al mismo". Albert Einstein

José Ramón Mendoza

Este teorema es perfectamente aplicable a la idea de que el capitalismo podría implicarse en la senda de la sostenibilidad si las instancias políticas cuantificaran el precio de los recursos naturales ya que ello supone la misma forma de pensar; mercantilizar todo. Dado que la crisis ecológica es una consecuencia de la producción generalizada de mercancías, no va a ser a través de la "mercantilización" del agua cómo ya ha empezado a hacerse[i], o del aire, de especies vegetales, de los genes o cualquier otra riqueza natural, que llegaremos a detener la destrucción medioambiental. Esta internalización de externalidades no sólo no nos acerca a una solución sino que, por el contrario, nos aleja de ella.

La transformación de las riquezas naturales en mercancías implica su apropiación por el capital. A partir de ahí el asunto está claro, ya que sometiéndolas a la ley del valor-trabajo quedan excluidas de cualquier otro criterio de gestión, y menos del ecológico o ambiental, que no sea la de obtener un beneficio.

Desde una perspectiva puramente económica, es fundamental tener en cuenta que el intento de adjudicar un precio a las riquezas naturales se enfrenta a una dificultad teórica insuperable cómo es la de ¿cómo evaluar en términos monetarios los bienes cuya producción no es medible en horas de trabajo? y que, por consiguiente, no tienen valor y cuya destrucción se da, además, diferida en el tiempo, ¿qué valor mercantil se puede dar a un rayo solar sabiendo que la vida de la tierra dependa de él? O ¿Cómo se puede cuantificar monetariamente el agua de un río, embalsada o no, que dará de beber a los pueblos de más abajo y permitirá regar sus huertas?

La concepción clásica de cómo tratar los daños ecológicos ha sido la de “actuar después de los acontecimientos” (Harvey); esta concepción se basa en que los daños ambientales son, o bien accidentes, o bien mala gestión o errores por parte de las empresas y que, por tanto pueden ser evitados e incluso revertidos y lo que es más compensados económicamente mediante sanciones y posibles restituciones.

Este pensamiento de la economía clásica supone invirtiéndola, aplicar, la cita de Einstein que encabeza este artículo, de que se puede resolver un problema con la forma de pensar que ha conducido al mismo; es decir actuar externalizando los costes, en este caso ecológicos, de las empresas peto también de los gobiernos y hogares causados por la utilización de los recursos naturales y de los residuos, y ello con el beneplácito de unos Estados cuyo papel debería ser  una intervención que asegure una adecuada conservación de los recursos naturales.

Ahora bien, desde esta perspectiva clásica “las intervenciones el Estado la herramienta lógica de la gestión medio ambiental están, están típicamente están típicamente limitadas por dos consideraciones importantes. La primera, que la intervención solamente debe producirse cuando hay una clara evidencia de la existencia de graves daños producidos por el fracaso del mercado y preferiblemente cuando el daño puede ser cuantificado (por ejemplo en términos monetarios)…porque la segunda limitación es que se piensa que hay una compensación entre el coste económico (la acumulación de capital) y la calidad medioambiental (lo que gana uno lo pierde el otro). Mostrarse demasiado solícito respecto a lo segundo es renunciar innecesariamente a los beneficios de lo primero. Este el dominio del análisis del coste-beneficio monetizado, que ahora desempeña un papel tan importante para modelar la política medioambiental [ii]desde una perspectiva estándar”.

La única manera que tiene el capitalismo en tener en cuenta a la naturaleza es hacerla intercambiable por dinero. Dar un valor económico a bienes naturales nos puede llevar a compartir una respuesta neoliberal, supuestamente medioambiental, como por ejemplo plantear un impuesto o una sanción por contaminar –“quien contamina paga”[iii]-, o bien como la cuestión de la disponibilidad de los consumidores a pagar por el medio ambiente; ambas vías nos llevan a aceptar su degradación[iv].

Por esa vía, los precios de las riquezas naturales serán diferentes según si las personas a las que se les pregunte sobre si pueden pagar y cuanto están dispuestas a abonar, por usarlas o destruirlas, sean ricas o pobres; personas físicas o multinacionales.

En la práctica, y a pesar de todas las sofisticadas teorías de los “ecological economics”, las propuestas políticas de internalización de los costos de la contaminación son a la vez ecológicamente insuficientes y socialmente insoportables.

Aun suponiendo que los obstáculos teóricos y prácticos pudieran ser superados, la eficacia de la internalización no dejaría de ser aleatoria ya que el precio no es más que un indicador cuantitativo, incapaz de distinguir entre las diferencias cualitativas entre la tonelada de CO2 que no ha sido emitida mediante unas u otras medidas como pueden ser de medios el aislamiento de una vivienda, la instalación de paneles fotovoltaicos, la plantación de árboles, la supresión de un Gran Premio de Fórmula1, la limitación de velocidad, etc...

Cuantitativamente no hay nada que distinga una tonelada de CO2 de otra. Pero las diferencias cualitativas como la causa de sus emisionee son decisivas a la hora de elaborar estrategias ecológicas adecuadas cuyas medidas estén en coherencia con el fin que se propone: la transición, sin generar un trauma social, a un sistema energético eficiente y descentralizado,

Conviene precisar que el capital, que contabiliza y mide todo, es incapaz de tomar en cuenta cualitativa y cuantitativamente las riquezas naturales, tal y como lo muestra la despreocupación total con la que destruye de forma irreversible los stocks de numerosos recursos naturales.

En conclusión, asignar un valor económico a un coste ecológico nos lleva, mediante la mercantilización de los bienes naturales a la no conservación de la naturaleza y, por lo tanto del ser humano de la que forma parte indisoluble de la que vive y, parafraseando a Marx  para no morir ha de conservarla ya que la vida humana es parte de la naturaleza “con la cual ha de mantenerse en proceso continuo para no morir”[v].


 

 



[i] https://www.publico.es/economia/medio-ambiente-agua-comienza-cotizar-mercado-futuros-wall-street.html

[ii]Justicia, naturaleza y la geografía de la diferencia” David Harvey.

[iii] Algo que, por supuesto hay que hacer, pero no lo único ni lo fundamental y debe ir acompañado de beneficios a las buenas prácticas

[iv]Cuando el abuso irrespetuoso de los recursos naturales ha hecho evidente la necesidad de intervenir, la Economía Estándar ha entreabierto una ventanita al medio ambiente y ha sacralizado el principio “el que contamina paga”. Pero eso es un callejón sin salida, ya que: 1) se trata igual, por ejemplo, una contaminación por un vertido limitado que la contaminación de la biosfera, pensando que ambas se pueden solucionar pagando un precio-multa; 2) se acepta que toda maldad medioambiental es resarcible con dinero, porque todo es reversible; 3) se presupone siempre la existencia identificable de un delincuente; 4) igualmente de un propietario a resarcir”. Antonio González Vieitez, profesor de Economía de la ULPGC. Revista El Ecologista nº 50.

[v] “Manuscritos de economía y filosofía”. Karl Marx

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