Muchas personas sitúan el origen de la conmemoración del 8 de marzo en 1857, día en el que las trabajadoras textiles de Nueva York se manifestaron para reclamar mejores salarios y la reducción de la jornada laboral.
Otras, la mayoría, asocian el origen
del Día Internacional de la Mujer Trabajadora con el incendio de una fábrica de
camisas, también en Nueva York, que tuvo lugar el 25 de marzo de 1911 y en el
que murieron 140 trabajadoras al estar encerradas en la misma para evitar que
disfrutasen de sus descansos durante su trabajo que podía oscilar entre las 12
y 16 horas y para controlar las posibles sustracciones. El dueño se había
negado a negociar con sus empleadas mientras muchos de los empresarios textiles
ya habían cedido a las demandas de las trabajadoras en otras fábricas fabriles.
Sea como sea, lo cierto es que tras la
revolución industrial las condiciones de trabajo de los obreros y, sobre todo
de las obreras, eran inhumanas por lo que a mediados del S. XIX emergen las
luchas obreras, y cómo no, la lucha de las mujeres reivindicando sus derechos
laborales. Simultáneamente, se desarrolla el movimiento sufragista denunciando
la restricción de derechos políticos y reivindicando el derecho al voto, poder
presentarse a las elecciones, ocupar cargos públicos y asociase o participar en
reuniones políticas.
El inicio de la lucha de las mujeres
por sus derechos, se fue consolidando a lo largo del S. XIX y en ese contexto,
en el que los primeros movimientos feministas estaban vinculados al socialismo,
al anarquismo y al comunismo, Flora Tristán, en 1843, publicó La
Unión Obrera en él que, además de aportar claves para las reformas a llevar
a cabo para la mejora de la clase obrera, estableció el nexo entre la lucha de la emancipación de las mujeres
con la lucha de la clase trabajadora aportando una visión feminista al
contexto.
La lucha de las mujeres por sus
derechos siguió y en 1909, se produjo en Nueva York el Levantamiento de 20.000
mujeres que se declaran en huelga para exigir salarios que se acercasen a
los de los hombres, reducción de las horas laborales y el derecho al voto. Tras
once semanas de lucha y de enfrentarse a empresarios y sindicalistas, quienes
se negaban a una equiparación salarial al menospreciar el trabajo de las
mujeres, consiguieron, para ambos sexos, una jornada laboral de 52 horas,
cuando antes oscilaba entre 65 y 75 horas.
Fue la militante comunista Clara
Zetkin en 1910 quien propone al Congreso de la Internacional Socialista, que se
establezca el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, en
homenaje a todas las mujeres que dieron su vida en la lucha contra la
explotación capitalista, por la plena igualdad y por el sufragio universal para
todas las mujeres. Un año más tarde se celebra por primera vez el 8 de marzo en
varios países europeos con una enorme repercusión.
Hasta aquí la historia del origen del
8 de marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora, porque en 1977 la
Asamblea General de la ONU eliminó el término Trabajadora, desdibujando, o más bien queriendo suprimir así, el
origen revolucionario que dio lugar a esta conmemoración.
Patriarcado y Capitalismo
único que pretendía y pretende es aumentar sus ganancias pagando menos a los trabajadores del valor de lo que producen y explotando sus fuerzas al máximo. Simultáneamente éstas sabían que eran discriminadas con peores trabajos y menores salarios que los hombres. He ahí los dos grandes problemas a los que hacían frente: el capitalismo y el patriarcado y, que como veremos, están íntimamente relacionados.
En el S. XIX, cuando las economías
domésticas se resintieron y dados los míseros sueldos que los obreros recibían,
muchas mujeres optaron por incorporarse a las fábricas para compensar los
ingresos familiares, pero la mayoría de los hombres se opusieron al considerarlas
“competencia barata”. Por otra parte, dentro de los hogares se generaron muchas
tensiones porque los maridos querían mantener a las mujeres en casa y así asegurar
que cumplieran sus obligaciones como esposas y madres. No querían que tuvieran
dos amos y querían seguir controlando la fuerza de trabajo de la mujer.
Los obreros, en la fábrica, trataban
de reservar los trabajos mejor pagados para ellos y, en su lucha laboral se
centraron en asegurarse los mejores salarios, eso sí, abogando por leyes que
protegieran a las mujeres y los niños. En
lugar de luchar por la igualdad de salarios, los hombres pidieron el salario familiar para que sus mujeres y
sus hijos no tuviesen que trabajar.
La solución que se encontró a
principios del S.XX fue el salario
familiar. Beneficiaba tanto a los intereses del patriarcado como a los
capitalistas. El hombre se beneficiaba de tener a su mujer a su servicio y de
tener los mejores puestos en el mercado de trabajo, y los dueños de las
fábricas comprobaron los jóvenes que habían estado bajo el cuidado de las
madres eran mejores trabajadores porque estaban más sanos y tenían una mayor
instrucción.
Ese salario familiar se fue generalizando, y lo que debía haber sido la
unión de la clase obrera para enfrentarse al capitalismo, el patriarcado social
existente consiguió su división. La jerarquía del hombre sobre la mujer y la
solidaridad entre los hombres permitió la simbiosis entre el patriarcado y el
capitalismo. El Capitalismo, siempre flexible para perpetuarse, se había aliado
con el Patriarcado y había vencido, mientras que la unión entre los y las
trabajadoras se resintió profundamente.
El salario
familiar condujo a otro elemento crucial para consolidar el entendimiento
entre el patriarcado y el capitalismo: la
segregación de los puestos de trabajo por sexos, con el beneplácito de los
empresarios y sindicatos (recordemos que las mujeres no podían sindicarse) otorgando
a las mujeres las tareas menos reconocidas socialmente y, por tanto, un salario
menor. Este hecho supuso afianzar el menosprecio del trabajo de las mujeres, y
por otra, asegurar la dependencia
económica de éstas respecto a los hombres.
Pese a la posterior incorporación
masiva de las mujeres al mercado laboral, la discriminación salarial en función
del sexo y la segregación de los puestos de trabajo sigue aún vigente. Ahora lo
denominamos brecha salarial y techo de cristal. Muchas mujeres siguen
realizando las labores femeninas relacionadas con el trabajo doméstico: cocineras,
limpiadoras, cuidadoras, etc., trabajos mal pagados y mal considerados, lo que
evidencia la hegemonía del patriarcado en la sociedad. La mayoría de las
profesiones dedicadas al cuidado de los otros, tales como la Enfermería, el
Trabajo Social o la Educación básica, son mayoritariamente femeninas porque han
sido rechazadas por los hombres que denigran el trabajo de las mujeres. La
dedicación de las mujeres a las necesidades sociales se infravalora en un mundo
machista en el que el individualismo, la competitividad y la dominación son los
valores preponderantes en una sociedad capitalista.
Son muchas las mujeres que no pueden
acceder a un trabajo remunerado y las que trabajamos lo hacemos haciendo
grandes sacrificios ya que en muchos casos ha habido que compaginar las tareas
domésticas y de cuidados con el trabajo asalariado. Aun así, en muchas familias
el trabajo del hombre se considera más importante porque trae más dinero a casa lo
que conlleva a que en muchos casos las mujeres no pueden emanciparse de la
tutela del marido porque de hacerlo no podrían mantenerse económicamente y
menos si tienen hijos, elemento fundamental en la toma de decisiones cuando
existe el maltrato de su pareja.
Junto con el inferior salario, el menor
tiempo de cotización es el factor que más influye en las pensiones ya que
analizando las diferencias entre hombres y mujeres, se manifiestan claramente
los efectos del patriarcado Las pensiones de las mujeres son un 34 % un menos
que los hombres. Así, a fecha de enero de 2021, las mujeres
percibimos de media de 826 euros, frente a 1. 251
euros de la pensión masculina, datos que sitúan los ingresos
femeninos por debajo del SMI. Así mismo, las pensiones no contributivas de las
mujeres suponen el 65% del total, siendo el importe por este concepto de 402,80
€ al mes.
Nuestras pensiones son inferiores a
las de los hombres por diversas causas que claramente tienen que ver con el
patriarcado: No haber trabajado fuera de casa, haber cotizado menos años al
incorporarnos tardíamente al trabajo, haber reducido la jornada laboral o estar
en excedencia para el cuidado de menores o dependientes o simplemente por la
segregación de los puestos de trabajo.
Hemos visto cómo el sistema
capitalista y el patriarcado se complementan a la perfección y se adaptan a los
nuevos escenarios para seguir ejerciendo el control sobre las mujeres, pero
debemos decir que los diferentes socialismos, sólo ahora están empezando a dar
respuestas al problema.
En el análisis de los primeros
marxistas se planteaba que la participación de la mujer en el trabajo era la
clave de su emancipación y que con su independencia económica lograría la
igualdad, pero no se tuvo suficientemente en cuenta el poder del patriarcado.
No identificaron el interés de los hombres por mantener la subordinación de la
mujer tanto en el ámbito laboral como en el personal. Aunque eran conscientes
de la situación de las trabajadoras, no analizaron ni el cómo ni la causa de la
opresión de la mujer como mujer.
Aunque la ONU haya cambiado la denominación de
8 de marzo, eliminando de la misma el término trabajadora, la lucha continúa
porque ahora las mujeres, además de seguir reivindicando mejoras en las
condiciones laborales y de acceso al trabajo, denunciamos todo tipo de
vulneración de nuestros derechos. Son muchas, innumerables las vulneraciones,
además de las económicas y laborales. A título
de ejemplo citaremos: los micro-machismos y machismos cotidianos, la pandemia
de la violencia de género, la mujer como objeto de deseo en la publicidad y en
todos los ámbitos, la mutilación genital femenina, los matrimonios forzosos…Y
así un largo etcétera.
El movimiento feminista no para,
evoluciona y seguiremos reivindicando nuestros derechos hasta el final porque
las mujeres nos hemos unido y somos cada vez más fuertes y conocedoras de la
situación a la que se nos ha abocado.



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