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sábado, 6 de marzo de 2021

¿DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER TRABAJADORA O DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER?

Los orígenes

Muchas personas sitúan el origen de la conmemoración del 8 de marzo en 1857, día en el que las trabajadoras textiles de Nueva York se manifestaron para reclamar mejores salarios y la reducción de la jornada laboral.

Otras, la mayoría, asocian el origen del Día Internacional de la Mujer Trabajadora con el incendio de una fábrica de camisas, también en Nueva York, que tuvo lugar el 25 de ​marzo de 1911 y en el que murieron 140 trabajadoras al estar encerradas en la misma para evitar que disfrutasen de sus descansos durante su trabajo que podía oscilar entre las 12 y 16 horas y para controlar las posibles sustracciones. El dueño se había negado a negociar con sus empleadas mientras muchos de los empresarios textiles ya habían cedido a las demandas de las trabajadoras en otras fábricas fabriles.

Sea como sea, lo cierto es que tras la revolución industrial las condiciones de trabajo de los obreros y, sobre todo de las obreras, eran inhumanas por lo que a mediados del S. XIX emergen las luchas obreras, y cómo no, la lucha de las mujeres reivindicando sus derechos laborales. Simultáneamente, se desarrolla el movimiento sufragista denunciando la restricción de derechos políticos y reivindicando el derecho al voto, poder presentarse a las elecciones, ocupar cargos públicos y asociase o participar en reuniones políticas.

El inicio de la lucha de las mujeres por sus derechos, se fue consolidando a lo largo del S. XIX y en ese contexto, en el que los primeros movimientos feministas estaban vinculados al socialismo, al anarquismo y al comunismo, Flora Tristán, en 1843,  publicó La Unión Obrera en él que, además de aportar claves para las reformas a llevar a cabo para la mejora de la clase obrera, estableció el nexo entre  la lucha de la emancipación de las mujeres con la lucha de la clase trabajadora aportando una visión feminista al contexto. 

La lucha de las mujeres por sus derechos siguió y en 1909, se produjo en Nueva York el Levantamiento de 20.000 mujeres que se declaran en huelga para exigir salarios que se acercasen a los de los hombres, reducción de las horas laborales y el derecho al voto. Tras once semanas de lucha y de enfrentarse a empresarios y sindicalistas, quienes se negaban a una equiparación salarial al menospreciar el trabajo de las mujeres, consiguieron, para ambos sexos, una jornada laboral de 52 horas, cuando antes oscilaba entre 65 y 75 horas.

Fue la militante comunista Clara Zetkin en 1910 quien propone al Congreso de la Internacional Socialista, que se establezca el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, en homenaje a todas las mujeres que dieron su vida en la lucha contra la explotación capitalista, por la plena igualdad y por el sufragio universal para todas las mujeres. Un año más tarde se celebra por primera vez el 8 de marzo en varios países europeos con una enorme repercusión.

Hasta aquí la historia del origen del 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora, porque en 1977 la Asamblea General de la ONU eliminó el término Trabajadora, desdibujando, o más bien queriendo suprimir así, el origen revolucionario que dio lugar a esta conmemoración.

Patriarcado y Capitalismo

Las mujeres se organizaron para exigir mejores condiciones laborales frente al capital que lo
único que pretendía y pretende es aumentar sus ganancias pagando menos a los trabajadores del valor de lo que producen y explotando sus fuerzas al máximo. Simultáneamente éstas sabían que eran discriminadas con peores trabajos y menores salarios que los hombres. He ahí los dos grandes problemas a los que hacían frente: el capitalismo y el patriarcado y, que como veremos, están íntimamente relacionados.

En el S. XIX, cuando las economías domésticas se resintieron y dados los míseros sueldos que los obreros recibían, muchas mujeres optaron por incorporarse a las fábricas para compensar los ingresos familiares, pero la mayoría de los hombres se opusieron al considerarlas “competencia barata”. Por otra parte, dentro de los hogares se generaron muchas tensiones porque los maridos querían mantener a las mujeres en casa y así asegurar que cumplieran sus obligaciones como esposas y madres. No querían que tuvieran dos amos y querían seguir controlando la fuerza de trabajo de la mujer.

Los obreros, en la fábrica, trataban de reservar los trabajos mejor pagados para ellos y, en su lucha laboral se centraron en asegurarse los mejores salarios, eso sí, abogando por leyes que protegieran a  las mujeres y los niños. En lugar de luchar por la igualdad de salarios, los hombres pidieron el salario familiar para que sus mujeres y sus hijos no tuviesen que trabajar.

La solución que se encontró a principios del S.XX fue el salario familiar. Beneficiaba tanto a los intereses del patriarcado como a los capitalistas. El hombre se beneficiaba de tener a su mujer a su servicio y de tener los mejores puestos en el mercado de trabajo, y los dueños de las fábricas comprobaron los jóvenes que habían estado bajo el cuidado de las madres eran mejores trabajadores porque estaban más sanos y tenían una mayor instrucción.

Ese salario familiar se fue generalizando, y lo que debía haber sido la unión de la clase obrera para enfrentarse al capitalismo, el patriarcado social existente consiguió su división. La jerarquía del hombre sobre la mujer y la solidaridad entre los hombres permitió la simbiosis entre el patriarcado y el capitalismo. El Capitalismo, siempre flexible para perpetuarse, se había aliado con el Patriarcado y había vencido, mientras que la unión entre los y las trabajadoras se resintió profundamente.

El salario familiar condujo a otro elemento crucial para consolidar el entendimiento entre el patriarcado y el capitalismo: la segregación de los puestos de trabajo por sexos, con el beneplácito de los empresarios y sindicatos (recordemos que las mujeres no podían sindicarse) otorgando a las mujeres las tareas menos reconocidas socialmente y, por tanto, un salario menor. Este hecho supuso afianzar el menosprecio del trabajo de las mujeres, y por otra,  asegurar la dependencia económica de éstas respecto a los hombres.


Pese a la posterior incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral, la discriminación salarial en función del sexo y la segregación de los puestos de trabajo sigue aún vigente. Ahora lo denominamos brecha salarial y techo de cristal. Muchas mujeres siguen realizando las labores femeninas relacionadas con el trabajo doméstico: cocineras, limpiadoras, cuidadoras, etc., trabajos mal pagados y mal considerados, lo que evidencia la hegemonía del patriarcado en la sociedad. La mayoría de las profesiones dedicadas al cuidado de los otros, tales como la Enfermería, el Trabajo Social o la Educación básica, son mayoritariamente femeninas porque han sido rechazadas por los hombres que denigran el trabajo de las mujeres. La dedicación de las mujeres a las necesidades sociales se infravalora en un mundo machista en el que el individualismo, la competitividad y la dominación son los valores preponderantes en una sociedad capitalista.

Son muchas las mujeres que no pueden acceder a un trabajo remunerado y las que trabajamos lo hacemos haciendo grandes sacrificios ya que en muchos casos ha habido que compaginar las tareas domésticas y de cuidados con el trabajo asalariado. Aun así, en muchas familias el trabajo del hombre se considera más  importante porque trae más dinero a casa lo que conlleva a que en muchos casos las mujeres no pueden emanciparse de la tutela del marido porque de hacerlo no podrían mantenerse económicamente y menos si tienen hijos, elemento fundamental en la toma de decisiones cuando existe el maltrato de su pareja.

Junto con el inferior salario, el menor tiempo de cotización es el factor que más influye en las pensiones ya que analizando las diferencias entre hombres y mujeres, se manifiestan claramente los efectos del patriarcado Las pensiones de las mujeres son un 34 % un menos que los hombres. Así, a fecha de enero de 2021, las mujeres percibimos de media  de 826 euros, frente a 1. 251 euros de la pensión masculina, datos que sitúan los ingresos femeninos por debajo del SMI. Así mismo, las pensiones no contributivas de las mujeres suponen el 65% del total, siendo el importe por este concepto de 402,80 € al mes.

Nuestras pensiones son inferiores a las de los hombres por diversas causas que claramente tienen que ver con el patriarcado: No haber trabajado fuera de casa, haber cotizado menos años al incorporarnos tardíamente al trabajo, haber reducido la jornada laboral o estar en excedencia para el cuidado de menores o dependientes o simplemente por la segregación de los puestos de trabajo.

Hemos visto cómo el sistema capitalista y el patriarcado se complementan a la perfección y se adaptan a los nuevos escenarios para seguir ejerciendo el control sobre las mujeres, pero debemos decir que los diferentes socialismos, sólo ahora están empezando a dar respuestas al problema. 

En el análisis de los primeros marxistas se planteaba que la participación de la mujer en el trabajo era la clave de su emancipación y que con su independencia económica lograría la igualdad, pero no se tuvo suficientemente en cuenta el poder del patriarcado. No identificaron el interés de los hombres por mantener la subordinación de la mujer tanto en el ámbito laboral como en el personal. Aunque eran conscientes de la situación de las trabajadoras, no analizaron ni el cómo ni la causa de la opresión de la mujer como mujer.

 Aunque la ONU haya cambiado la denominación de 8 de marzo, eliminando de la misma el término trabajadora, la lucha continúa porque ahora las mujeres, además de seguir reivindicando mejoras en las condiciones laborales y de acceso al trabajo, denunciamos todo tipo de vulneración de nuestros derechos. Son muchas, innumerables las vulneraciones, además de las económicas y laborales.  A título de ejemplo citaremos: los micro-machismos y machismos cotidianos, la pandemia de la violencia de género, la mujer como objeto de deseo en la publicidad y en todos los ámbitos, la mutilación genital femenina, los matrimonios forzosos…Y así un largo etcétera.

El movimiento feminista no para, evoluciona y seguiremos reivindicando nuestros derechos hasta el final porque las mujeres nos hemos unido y somos cada vez más fuertes y conocedoras de la situación a la que se nos ha abocado.

  Matilde Tenorio Matanzo

 

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