“... las mujeres eran en todas partes
las primeras en protestar contra la destrucción del medio ambiente”. Maria
Mies y Vandana Shiva, 1993
La situación de supervivencia se da en muchos hogares, pero especialmente en aquellos de familias desfavorecidas, pero también en los de las clases trabajadoras cada vez más vulnerables por la precariedad del empleo; hogares sostenidos mayoritariamente por mujeres. Supervivencia que las mujeres sobrellevan mediante el ajuste de necesidades, el ahorro y aprovechamiento, conocimientos globales, el respeto a los ciclos de la vida… en suma, una concepción natural de las cosas. Lo contrario a esto es el mercado: acumulación hasta el crecimiento infinito.
La
unión entre vida doméstica y medio ambiente es íntima, incluso en nuestro urbano
y tecnificado mundo occidental basado en un sistema que se mantiene por medio
de la subordinación y explotación de los trabajadores y trabajadoras, de las
mujeres sin trabajo remunerado, indispensables en el sistema capitalista para
la reproducción social y, por supuesto de la naturaleza.
El sistema
de producción capitalista trae consigo la explotación de las clases
trabajadoras, hombres y mujeres –estas en su doble condición de trabajadoras y
mujer-, y para ello tiene al patriarcado como uno de sus mejores instrumentos
para el mantenimiento del sistema pues consigue a través de la división sexual
del trabajo el sostenimiento y reproducción de su modo de producción.
Junto
con la explotación directa de la clase obrera e indirecta del conjunto de las
clases trabajadoras, la destrucción de la naturaleza y la opresión de la mujer
a favor de la acumulación capitalista no sólo son consustanciales al actual
modo de producción, sino que, tanto una como la otra, son imprescindibles para
su reproducción aún a costa de una crisis ecológica y social que afectando a la
vida del planeta, la sufren especialmente las mujeres y muy especialmente las mujeres pobres. Ése es el
escenario actual y el punto del que debemos partir, la realidad que se quiere
cambiar.
Junto
con la relación capital trabajo, y no en grado inferior a esta, hay que poner
la cuestión social, la cuestión ecológica y la desigualdad real entre mujeres y
hombres, en el primer plano de una política transformadora ya que es necesario
hacer cambiar una sociedad basada en la explotación de mujeres trabajadoras y
cuidadoras, de hombres trabajadores, además de la que sufren las mujeres por el
hecho de serlo y de la apropiación y destrucción de la naturaleza por parte del
capital. No habrá emancipación social si simultáneamente no hay emancipación de
la mujer y la naturaleza deja de ser un recurso más para la acumulación
capitalista.
Como
dice Yayo Herrero en Mundo Obrero, "No
se puede hablar de ecologismo ni de feminismo sin hablar de lucha de
clases".
Cualquier
solución a la crisis ecológica no puede basarse sólo en el ambientalismo; por
el contrario debe estar asentada en el socialismo y el feminismo. Pero
también el socialismo debe ser tanto
feminista como ecologista e, igualmente, el feminismo que aboga por la igualdad
de oportunidades siempre estará muy limitado si no critica la insostenibilidad
de las sociedades capitalistas actuales, basadas en la explotación de las
clases trabajadoras y el expolio de los recursos naturales. Para ser socialista
hay que ser al mismo tiempo ecologista y feminista; así como para ser feminista
o ecologista hay que luchar por superar el modo de producción capitalista.
Igual que hay un Ecosocialismo, existe un Ecofeminismo
El ecofeminismo, un 'nuevo término para
designar un saber antiguo', se desarrolló a partir de diversos movimientos
sociales --los movimientos feminista, pacifista y ecologista-- a finales de los
años 70 y principios de los 80. Aunque la primera que utilizó el término fue
Françoise d'Eaubonne, éste sólo se popularizó en el contexto de las numerosas
protestas y actividades contra la destrucción del medio ambiente, iniciadas por
la chispa de los repetidos desastres ecológicos. De
la introducción de "Ecofeminismo". Maria Mies y Vandana Shiva, 1993.
El ecofeminismo socialista, reconoce que la
destrucción ambiental afecta en especial a las mujeres y al conjunto de las
poblaciones pobres de los países del “Tercer Mundo” y aúna los temas claves de
la política transformadora. Por un lado, está la tarea de llegar a una sociedad
y a una cultura que sean realmente igualitarias; una sociedad y una cultura que
no sean androcéntricas; una sociedad y
una cultura para salir de una crisis ecológica y social que ha generado el
actual modo de producción; detener la cuenta atrás del cambio climático y de la
destrucción de la biodiversidad.
Un ecofeminismo socialista es
el que mantiene que los problemas medioambientales son inherente al capitalismo
que justifica la explotación de la naturaleza para un supuesto progreso
concebido como crecimiento económico. Según
las ecofeministas socialistas el objetivo es una sociedad socialista en
donde exista una relación de igualdad entre los géneros, que garantice una
buena calidad de vida para todos y todas
basada en un nuevo metabolismo entre
el hombre y la naturaleza (K. Marx).
Feminismo
y ecologismo serán dos movimientos sociales fundamentales en el siglo XXI. El
primero porque, adquirida la autoconciencia como colectivo y la formación
necesarias ya no es posible detenernos (aunque se puede siempre retrasar la
llegada a las metas emancipatorias con diversas estrategias); el segundo por la
cada vez más evidente insostenibilidad del modelo de desarrollo tecno-económico… Alicia
H. Puleo. El Ecologista (número 31, verano del 2002).
El
proyecto de sociedad al que aspira el ecofeminismo es ir avanzando hasta
conseguir un sistema social donde hombres, mujeres y naturaleza no se vean
sometidas a las prácticas de explotación y dominio del capital. Ambiciosa
tarea.
Diciembre 20202. Conil de la Frontera
José Ramón Mendoza.
Entrevista a Yayo Herrero sobre ecofeminismo: https://www.mundoobrero.es/pl.php?id=8386


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